jueves, 6 de junio de 2013

La letra del azar: a propósito de Leviatán de Paul Auster (I)

Paul Auster
Leviatán
Barcelona, Anagrama, 1993.

1. Esta es la cuarta novela de Auster que leo. La primera, El país de las últimas cosas, la leí hace unos diez años. Luego llegaron Invisible y La música del azar. Por fin puedo decir que he disfrutado una novela de Auster. Las anteriores veces, me quedé siempre con un sabor agridulce, en que se mezclaban una parte de agrado y otra de decepción.

2. He estado pensando sobre los motivos de este cambio. ¿Es simplemente esta novela mejor que las otras que había leído? ¿O ha cambiado también algo en mi manera de leerlas? Seguramente se trate de una combinación de ambas cosas.

3. ¿Qué era lo que me desagradaba o chirriaba en mis anteriores acercamientos a la obra de Auster? Creo que fundamentalmente era lo poco verosímiles o lo incoherentes que me parecían, en determinados momentos, las actitudes de los personajes. Sé perfectamente que la marca de la casa de la novela austeriana es el juego con el azar, las coincidencias, etc. etc. Esto era capaz de aceptarlo de buen grado. Lo que no me entraba era la manera en que los personajes encajaban esas coincidencias, esa entrada del azar en sus vidas, y los proyectos vitales que pergeñaban. O los cambios -que me parecían- súbitos e injustificados en sus opiniones, actitudes y comportamientos. 

4. El azar, la coincidencia, la casualidad: el gran tema austeriano. Auster juega a usar los modos de representación "realistas" -utilicemos el término en un sentido transhistórico- para hacer estallar desde dentro la verosimilitud a través de la acumulación de casualidades y coincidencias. Casualidad versus causalidad. Todo puede pasar, dirá en un momento determinado el narrador de Leviatán. Desde luego, en esta novela el juego con los encuentros entre personajes y el cruce de destinos está llevado al extremo. Las maneras en que los caminos vitales del narrador -trasunto del propio Auster, en un juego autoficticio sencillo pero efectivo- se cruzan con los del protagonista, Benjamin Sachs, escritor amigo suyo, y los de ambos con los de otros personajes como Fanny, Maria, Lillian o Dimaggio, entran en el terreno de la casualidad más conspicua.

5. Este juego con los límites de la verosimilitud en cuanto a los hechos de la novela, los acontecimientos, creo que no plantea problemas al lector actual. En cambio, me parece -o al menos juzgo a partir de mi propia experiencia lectora- que no aceptamos tan bien la ruptura de la verosimilitud en la medida en que afecte al comportamiento, las palabras o las actitudes de los personajes. Es decir, aceptamos sin pestañear que en una novela se produzca el más inverosímil de los encuentros y que en Macondo llueva durante años y años -que para eso somos avezados lectores posmodernos que saben que la mímesis no es más que ilusión-, pero no llevamos tan bien que lo inverosímil alcance a las reacciones de los personajes. ¿Por qué ha hecho eso?

6. El paso de la novela del XIX a la del XX, el camino que va de Stendhal y Balzac a Joyce, Proust y Beckett, es el del realismo de lo exterior al de lo interior. Si en la novela decimonónica importaba sobre todo la verdad del mundo, la correcta construcción de cadenas de causas y efectos que explicasen el afuera, en la del XX va a primar la verdad interior: el monólogo interior, la corriente de conciencia y la reminiscencia proustiana son métodos distintos de acceder a ese interior del personaje que se convierte en el verdadero escenario de la acción novelesca. Nuestra lealtad pasa de fuera a dentro: exigimos autenticidad a la subjetividad del personaje, aunque ya no la exijamos a los hechos del mundo.

7. En ese sentido, me parece que la extrañeza que a veces (me) causan los comportamientos, las decisiones o las palabras de algunos personajes de Auster tiene que ver con esa exigencia de realismo subjetivo, por llamarlo de algún modo, con la que hemos crecido como lectores. [Spoilers ->] ¿Por qué Benjamin Sachs acabaría convertido en una especie de terrorista que vuela con bombas reproducciones de la Estatua de la Libertad a lo largo y ancho de los Estados Unidos? ¿Se justifica esa decisión en base a lo que sabemos de él? ¿Por qué cruza el país para darle el dinero a Lillian? Lo sorprendente no son tanto las casualidades que salpican la trama sino la naturalidad con que los personajes las aceptan y los planes y proyectos que asumen basándose en ellas. Pensemos en La música del azar. El giro tan brusco de la acción nos descoloca. Y sobre todo que los dos protagonistas acepten como algo posible -aunque indeseable- su situación. Todo sería distinto si nos adentráramos en el terreno de lo fantástico. Pero nos quedamos en el de lo extraño.

8. En conexión con lo extraño, la poética de Auster en este sentido creo que tiene bastante que ver con la de David Lynch en el cine. De hecho, creo que el hecho de haber vuelto a ver recientemente Blue Velvet ha tenido bastante que ver con que la lectura de Leviatán me haya resultado mucho más gratificante -que haya entrado más en su juego- de lo que me resultaron las de otras novelas de Auster. En Lynch existe siempre un punto de extrañeza del espectador respecto a lo que sucede en pantalla: ¿por qué actuarían así? Parece que exista siempre un pequeño desplazamiento, no demasiado escandaloso, no muy grande, entre lo que esperaríamos que hicieran los personajes, y lo que acaban haciendo. Es en ese hiato, ese ligero décalage, donde se engendra la extrañeza, la inquietud característica del cine de Lynch. Auster y Lynch comparten además el gusto por el hallazgo, el encuentro azaroso, como desencadenante de la acción (la oreja con que arranca Blue Velvet). Por ahí creo que hay un punto de conexión interesante.


(Continuará)

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